El cráter Giner observado desde Villena

Si la realidad humana somos los humanos y nuestras acciones, desenvolviéndose a través del espacio y del tiempo, resonando o no resonando, amplificándose en el futuro o acabando diluidas en el ostensivo clamor de la globalidad, esta es la historia breve de una curiosa resonancia.

Para empezar, sería agradable que a algunos Villeneros les "resonase" el mismo título que, con toda la intención, y animado por el reconocimiento, he decidido ponerle a este articulo; ya que hace referencia a otro: "LA LUNA OBSERVADA DESDE VILLENA. D. Enrique de Villena. D. Tomas Giner Galbis. El cráter Giner", escrito por D. Faustino Alonso Gotor en 1960, y publicado en esta misma Revista Anual, que en los tiempos nada corrientes en que vivimos anda amenazada, como tantos organismos vivos y entidades colectivas, de fría extinción.

Aquellos que recuerden aquel artículo no necesitarán de la necesaria introducción que es preciso hacer para entrar en el tema. Para todos aquellos que lleguen a escuchar el latido resonante de la curiosidad, y que posiblemente no lo leyeron, sería el momento de hacerlo, pues fue, y continúa siendo, treinta años después, un excelente artículo.

Nos contaba D. Faustino de dos ilustres conciudadanos: uno, históricamente más conocido, en parte quizás por haber sido en un pasado más lejano: D. Enrique de Villena; el otro coetáneo para muchos, fallecido en 1954, y prácticamente ignorado: D. Tomas Giner Galbis. Ambos relacionados con la astronomía, pues fueron, entre otras cosas, astrónomos autodidactas; y relacionados también, cómo no, con nuestra resonante Luna.

Mucho más específicamente Tomás Giner, que desarrolló sus investigaciones astronómicas a principio de este siglo, poniendo su atención especialmente en la Luna, en respuesta a  la convocatoria europea, efectuada por el astrónomo Williams Porthouse desde Inglaterra, para estudiar sistemáticamente la superficie lunar; en unos momentos en que la astronomía de los grandes telescopios, descuidando la Luna en esa extraña indiferencia por lo cercano que a casi todos nos caracteriza, abordaba otro tipo de cuestiones astronómicas, como la existencia de galaxias y escalas de distancias para medir el Universo.

La llamada internacional a los astrónomos, tanto profesionales como aficionados, para atender a nuestro satélite, fue divulgada en España a través de la Sociedad Astronómica de Barcelona, de la que Giner fue socio cofundador en 1909. En el boletín mensual de esta sociedad publicó sus contribuciones a los estudios lunares, que maravillarían posteriormente al profesor Paluzíe por estar efectuados con un modesto anteojo de 43 mm. de abertura. Sin duda, en aquellos años de primeros de siglo, la oscuridad que sólo tolera a las estrellas era todo un privilegio, un verdadero regalo, como lo es hoy en día; y Giner debió de gozar de largas y bellas noches de luz estelar y lunar, mucho menos holladas por luces y acciones humanas.

Esta paciente y metódica tarea, de Giner y otros muchos, era integrada y recogida, produciendo el lógico avance del conocimiento de nuestro satélite; y dando lugar y formando parte de una tradición cultural, que al menos alguna huella ha dejado. Así los ingleses: Wilkins, y posteriormente Moore, efectuaron sucesivas actualizaciones de la cartografía lunar, dadas a conocer en su libro sobre la Luna.

En 1945 el Prof. Paluzíe, que era entonces presidente de la Sociedad de Astronomía de España y América, y el Secretario Permanente de la Sociedad Internacional Lunar, ante la escasez de nombres españoles en la Luna (sólo había unos cuantos asignados en el siglo anterior), propuso a Wilkins una lista de treinta ilustres españoles, entre los que se encontraba Giner, destacados o relacionados con la labor astronómica, para dar nombre a una serie de cráteres de gran tamaño que aún no lo tenían.

"Giner, farmacéutico de Villena y autor de un mapa de ranuras lunares" es lo que más llamó la atención de D. Faustino, al leer en la revista medica "Sinergia" de junio de 1960 el artículo del Prof. Paluzíe: "La Luna. Un astro a nuestro alcance", en el que entre, otras cosas, listaba todos los accidentes lunares bautizados con nombres españoles, tanto los ya existentes como los treinta que él mismo propuso a Wilkins, y que éste evidentemente aceptó, incorporándolos a las sucesivas ediciones de su atlas lunar.

Así pues, el nombre y el recuerdo de un conciudadano reposaban sobre la memoria pétrea de un cráter lunar: "El cráter Giner". A D. Faustino llegó ese eco del pasado; y en su espíritu amante del lugar, de la tradición y de las personas, resonó, y reenvió amplificada hacia el futuro, hoy nuestro presente, esta curiosa pero en parte ultraterrena historia; valiéndose del medio humano resonante que es esta misma revista.

La onda estaba ya modulada y amplificada, pero a mí, de niño, nadie me contó esta historia, quizá porque y pese a que el Firmamento está sobre las cabezas de todos, pocas son en la actualidad las cabezas que quieren comprimir el cuello y el tiempo para contemplarlo.

Me lo contó una de esas cabezas escasas, ya de mayor, en 1986, el año del cometa Halley. En su empeño divulgativo de la astronomía, y con el claro objetivo de introducirla como asignatura optativa en el I. B. de Villena, Francisco Jesús García García, catedrático de Matemáticas por aquel entonces, efectuó, en colaboración con el Instituto de Formación Profesional, una serie de actividades en torno a la astronomía; y entre ellas, por supuesto, estaba el tema Giner.

Bien. Villena, a través de uno de sus ilustres y desconocidos eruditos, estaba representada en nuestro satélite. Podíamos decir los villeneros, gracias a ello, que teníamos nuestra pequeña parcela de Luna. Sin embargo, el tema no parecía despertar excesivamente el interés de nadie; al fin y al cabo, la Luna está muy lejos y ¡no es tierra firme! para sustentar nuestros pies.

Yo mismo, después de la sorpresa inicial, me olvidé del asunto, sin tan siquiera preguntarme entonces, donde estaba situado el cráter. Por otro lado, la asignatura de astronomía, propuesta por Francisco Jesús, no acababa de recibir por parte de los alumnos la atención mínima requerida por la ley (se precisaba un número mínimo de alumnos para implantarla) y así, ni fue aceptada en el curso 87-88, ni tampoco en el 88-89; demorándose hasta el 89-90, en que Francisco Jesús se marcho destinado a Alicante.

Al faltar su mantenedor, a punto estuvo el interés naciente de los alumnos de morir en la cuna. Lo que evitó la resonancia del verdadero maestro, la sensibilidad ante las deficiencias y rigidez de nuestro sistema educativo, y la conciencia clara de lo imperdonable que habría sido no intentar atender esa demanda cultural; cultura de verdad, y refrescante, mas allá de los esquemas oficiales. El exhaustivo y original esfuerzo de Vicente Belda Alpañés, cuyo enfoque inicial histórico-humanístico supuso un acierto pleno, fue incluso reconocido; y Vicente recibió el 2º Premio, a nivel nacional, "por una nueva experiencia didáctica en el área de ciencias".

Era tanto el trabajo que ese curso 89-90 había por hacer, que Giner hubo de seguir esperando. Fue en el curso siguiente, que este verano concluye, segundo año de astronomía en el I. B. de Villena, cuando investigamos mas a fondo la figura y obra de D. Tomás Giner. Siguiendo el camino allanado, y facilitado amablemente por D. Faustino Alonso y D. Alfonso Arenas, accedimos a documentación original. La investigación, que todavía no ha concluido, se apoya fundamentalmente en tres de las cabezas de nuestros estudiantes, de la que bien podríamos llamar la 1ª promoción de Astronomía en Villena.

Efectivamente, se había bautizado a un cráter con el nombre  Giner: en carta de Junio de 1952, así se lo participa el Prof. Paluzíe a Giner, adjuntándole un dibujo esquemático de su situación, según figuraba en la ultima edición del mapa de Wilkins.

El paso siguiente era localizar en la excelente cartografía actual el cráter Giner. Poco imaginaba en 1986 que me tocaría jugar el papel agorero de esta historia. Una tarde de primeros de diciembre de 1990 descubrí con estupor que el cráter Giner venia designado en la nomenclatura oficial como "Posidonius-P". Y lo mismo sucedía con los otros 29 nombres españoles que Paluzíe propusiera a Wilkins: todos recibían el nombre de un cráter o circo mayor, previamente existente, y una letra latina mayúscula. Ya medio convencido de que la nomenclatura oficial no contemplaba todos estos nombres, mi asombro creció de nuevo cuando, con motivo del viaje a Lérida para la adquisición de un excelente telescopio reflector de 254mm, y expuesto el problema a nuestro proveedor, Sr. Roure (astrónomo aficionado y director de la revista "Astronomía, Astrografía y Astronáutica"), éste nos regala un excelente mapa lunar, editado en Suiza en 1978, en el que sí viene el cráter Giner, igual que unos cuantos de los que propusiera Paluzíe.

Era evidente que la historia no podía estar del todo clara. Puestos en contacto con el Real Observatorio de la Armada de Cádiz y con la Sociedad de Astronomía de España y América (con sede en Barcelona), nos enteramos de que, efectivamente, los treinta nombres propuestos por Paluzíe nunca pasaron la criba de la burocracia internacional, sin que el motivo de ello esté en este momento dilucidado. La época de Wilkins, y más tarde Moore, es quizás todavía la época heroica y romántica de la nomenclatura celeste. En 1960, aún solicitaba el Prof. Paluzíe a D. Faustino la fecha de muerte de Giner con el fin de darla a "conocer Moore para cuando se haga otra edición del libro". Pero en 1958 y años posteriores, en el seno de la U. A. I. (Unión Astronómica Internacional) se formalizó la nomenclatura, en general celeste, en grupos especiales de trabajo creados para ello; y se hizo y se deshizo. Las revisiones efectuadas acabaron con muchos nombres, y por lo visto con todos los españoles propuestos durante esa época.

Si bien Wilkins actuó por su cuenta, también es cierto que lo hizo en un momento en que había base real para ello: no en vano existió toda una laboriosa tradición astronómica, incluso en España, que aportó interesantes datos y conocimientos, antes de que las primeras sondas espaciales circundaran nuestro satélite.

Sin embargo, el hecho de que no exista ninguna norma en nomenclatura lunar que impida que un cráter del tamaño del Giner posea nombre propio; y también la circunstancia de que la tradición europea ha amparado esta nomenclatura paralela, quizá más humana, como prueba el libro de Wilkins y el mapa suizo, nos hace mantener la ilusión de que tanto el cráter Giner, como los otros 29 cráteres españoles, puedan ser reivindicados ante la U. A. I. Nuestro argumento más sólido es que no despojaríamos del nombre al que el nombre nos veló: Posidonius-P volvería a ser, como fue,  Giner, mientras que Posidonius continuaría siendo Posidonius.

Es también obligado decir que el título de este articulo no es un recurso retórico: efectivamente, seis estudiantes de astronomía y el que subscribe lograron identificar, mediante el telescopio empleado a cien aumentos, el cráter Giner. Es, pues, lícito asegurar que nuestro cráter Giner (para nosotros es nuestro y es Giner) ha sido observado desde Villena.

Si no llegamos a tener éxito en la reivindicación del cráter Giner, y los demás; si con el tiempo no surgiese en Villena una Sociedad de Astronomía, como es lógico, con el nombre de Giner; si tampoco el proyecto de Vicente Belda "Diseño de un paseo planetario para Villena" (a realizar en conjunción con el paseo Ecológico, por la antigua vía del "Chicharra" hasta La Virgen), que podría recibir el nombre de Giner, se materializase; es decir, si nos fallase por completo el Cielo, que no nos falle también totalmente La Tierra, y que al menos sea Giner tenido en cuenta para dar nombre a una calle de nuestra entrañable ciudad.

Finalmente, aprovecho de paso la ocasión para animar a todos aquellos que resuenen en la onda de la Astronomía a que se pongan en contacto con nosotros. No han mejorado mucho los caminos que, veinticinco años después, conducen al instituto, pero no tiene pérdida.

 

Francisco Panadero López.

Revista Anual de Fiestas 1991

  

 

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